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Nuestros padres y abuelos, los Baby Boomers, anclaban sus futuros de por vida en el momento en que decidían estudiar una determinada carrera o trabajar para una determinada firma.

Las reglas del juego, entonces, eran mucho más claras. Trabajar en los límites de un despacho, moverte dentro de tu círculo de amistades cercano, fichar tu hora de entrada y salida del trabajo y, por supuesto, trabajar de por vida para una empresa que te proporcionaba una estabilidad. La firma te lo daba todo o te lo quitaba todo.

La experiencia era el eje de toda estructura jerárquica en cualquier tipo de organización, donde los más jóvenes conformaban la base de la pirámide, y esta iba creciendo conforme a la experiencia de los candidatos. De esta forma, el crecimiento dentro de una compañía quedaba garantizado por los años de experiencia.

Para la generación de los Baby Boomers, su trabajo era una máxima, pues este le garantizaba un status social, posibilidades de adquirir propiedades y formar una familia, que, por supuesto, jamás mezclaban con el mundo laboral. La disciplina, organización y puntualidad eran factores muy relacionados con la prosperidad, y el objetivo, prácticamente quedaba garantizado con el paso de los años, es decir, con la experiencia.

Nuestros padres-herman@s mayores, incluso muchos de nosotros, la Generación X, decidieron que no podían esperar toda una vida para prosperar. En la ecuación debían introducir un término hasta ahora desconocido, el talento, que lograría ser un atajo al largo camino de la experiencia, pero eso sí, solo para unos pocos.

De esta forma, las empresas se convirtieron en una carrera de objetivos, donde solo aquellos jóvenes con más talento conseguían llegar, por supuesto, con su pertinente recompensa en forma de ascenso.

La Generación X buscaba reforzar el talento y la diferenciación en todo tipo de títulos, MBA’s, Másters, Licenciaturas, Grados…Estaba claro que la competitividad entre empleados y candidatos se había disparado.

Las horas extras, un buen traje y una buena tarjeta de contacto eran claves para llegar antes que el resto a la mesa del director, expandir la cartera de contactos o cerrar tratos. Estaba claro que la imagen del ejecutivo no era solo una moda, sino un estilo de vida rodeado de champan, caviar, fiestas, coches y mansiones, o por lo menos, era la imagen que nos mostraban.

Hoy las cosas son diferentes, disfrutar del camino parece ser lo más importante, y no el fin en sí mismo. Los jóvenes Millennials ya no vivimos en un mundo vertical donde se asciende, sino en un mundo horizontal donde se trabaja de manera cooperativa y desde la base de la igualdad, respeto y conocimiento.

Nuestro elevado nivel de conectividad no solo nos permite compartir nuestros conocimientos con rapidez, sino demostrar nuestro talento al mundo. Este hecho lo trastoca todo, puesto que a diferencia de anteriores generaciones, los Millenials tenemos la batuta de nuestras vidas sin la necesidad de formar parte de una multinacional para llegar al éxito.

El mundo ya no es el que era, y ahora, es nuestro momento para convertirnos y hacer lo que realmente nos apasiona. ¿Qué estás haciendo en este momento? ¿Estás haciendo lo que realmente te gusta?

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